Salud mental y sociedad

A fecha de hoy la salud mental ha pasado de ser un tema tabú a formar parte de cualquier conversación, las profesiones de psiquiatra y psicólogo son cada vez más demandadas. Esta ciencia no solo tiene un pasado sino que además también sufre críticas internas. Veamos unas pinceladas de las diferentes corrientes de pensamiento que diseccionan sus premisas.

En épocas pasadas era la violencia la herramienta de control social, esta se transformó, mediante estrategias y maniobras regladas, en un nuevo régimen de verdad, dando así autoridad al dispositivo psiquiátrico. Esta validez se regía por tres ejes: el poder, la verdad y la subjetivación. 

El poder se basa en una red de relaciones, un dispositivo de elementos heterogéneos como los discursos, los métodos terapéuticos, la administración y las leyes, en definitiva, una microfísica del poder. Un conjunto de nexos donde el poder psiquiátrico  consigue un reconocimiento de autoridad científica y también de legitimación social y profesional. Además, siendo este un aspecto beneficioso para el poder político porque de esta manera se reduce la dominación a un mínimo. 

Respecto a la verdad, las coacciones que lleva a cabo el dispositivo psiquiátrico son producto de la aplicación racional de normas, prescripciones y procedimientos. Distingue entre razón y sin razón, entre médico y enfermo, dando de esto modo a la psiquiatría la categoría de ciencia médica. Dentro de esta verdad se incluye también la biologización y somatización de la locura en el siglo XIX donde se da un proceso donde la enfermedad mental deja de ser enfermedad del alma para convertirse en lesiones anatómicas. 

“el loco queda desprovisto de la palabra, no es digno de ser escuchado” (p.247)

Por último, la subjetivación y normalización convierte a la psiquiatría en una disciplina con instancia normalizadora. También ejerce un tratamiento moral donde los aparatos, técnicas y métodos coercitivos están destinados a convencer al loco de su error. 

(Huertas, Rafael, 2006)

Dando un salto en el tiempo, concretamente a principios de los años 90, con la psiquiatría ya asentada, el médico Wakefield argumentó que hay que diferenciar entre problemas de la vida (normalidad) y problemas mentales. El DSM III no explicita adecuadamente el concepto de trastorno  mental, es decir, la diferencia entre normalidad y trastorno. 

Wakefield argumenta que para la existencia de un trastorno mental debe existir una disfunción mental, un hecho fáctico real, y no una opinión. Además, se tiene que poder demostrar el daño generado por la disfunción para la que ha sido diseñada. También sostiene que no toda disfunción ni comportamiento implica trastorno, sólo aquellas que son dañinas. Para ejemplificar Wakefield utiliza la metáfora informática del software y el hardware. En resumen, sostiene que actualmente hay categorías sobre abarcadoras identificando síntomas y daños que rápidamente se asocian a un trastorno. ¿Qué justifica considerar que un patrón que genera un  malestar es un trastorno mental? Identificar una patología por un malestar es determinista puesto que se puede deber a situaciones adversas.

Con esta premisa el autor sostiene que hay que establecer parámetros básicos para asignar un trastorno mental. De este modo debe ser un comportamiento fáctico (hecho real), es decir, una disfunción en que se está “en ella” y sin tener un comportamiento esperable. 

Para este psiquiatra existen cuatro errores a la hora de denominar un trastorno mental: El primero es que un auténtico trastorno no tiene las mismas implicaciones que un malestar en términos de gravedad y cronicidad; en segundo lugar identificar un trastorno mental a quien no lo presenta lleva a un tratamiento farmacológico no indicado, y además, no se presta atención a sus circunstancias psicosociales. Otro punto sería que el diagnóstico no es inocuo, rótula y auto rotula con el estigma asociado. Por último, la psicopatologización en exceso afecta a la credibilidad y legitimidad de la salud mental.

Como principal idea del psiquiatra norteamericano poner de relevancia que no hay que confundir trastorno mental con sufrimientos normales que requieren respuestas psicosociales y no farmacológicas. 

(Fernandez, Victor & Nuñez de Prado, Miguel, 2023)

Sin embargo, otros piensan que el modelo biomédico es fallido, que responde únicamente a un interés de las farmacéuticas y al control social por parte del estado. Existen dos ideas que respaldan este pensamiento: primero, la explosión diagnóstica provocada por un efecto bucle de la interacción entre clasificaciones diagnósticas y personas con rasgos depresivos; y en segundo lugar destacar que  la conducta y la cognición dependen del nicho social y normativo de cada persona.

Los trastornos mentales se pueden explicar desde una teoría evolutiva. Según Wakefield estos trastornos son disfunciones biológicas dañinas o perjudiciales debido al éxito reproductivo y de supervivencia, si esta disfunción genera daño o sufrimiento estamos delante de un trastorno mental. La función adaptativa natural se ve mermada para situaciones específicas. 

Sin embargo, la explosión diagnóstica refleja falsos positivos al confundir tristeza extrema con depresión mayor, esto se debe a la relajación de diagnóstico del DSM III. El actual modelo plantea una incongruencia ya que entiende que la depresión es una respuesta maladaptativa al entorno actual frente al diferente entorno, y contextos distintos, en que evolucionaron otros seres humanos anteriores. Con esta premisa, argumenta el autor, que actualmente en un contexto de competitividad y condiciones de trabajo precarias se puede alterar el sistema nervioso (Nasse) dando como resultado el riesgo social como respuesta a una amenaza, donde el entorno contemporáneo dificulta que las personas consigan sus objetivos, todo dentro de unas dinámicas sociales del sistema capitalista caracterizado por una disminución de las políticas sociales y un aumento de políticas neoliberales. 

La relajación de los criterios diagnósticos conlleva una patologización y medicalización de episodios emocionales que ubicándolos en el contexto serían normales.

“Sitúan al individuo como origen último de sus  propios malestares” p.30   

(Cova, Félix et al., 2017)

Cova, Félix, Rincon, Paulina, & Grandon, Pamela. (2017). Sobrediagnostico de los trastornos mentales y criterios diagnosticos del DSM: la perspectiva de Jerome Wakefield. 186-194. 

Fernandez, Victor & Nuñez de Prado, Miguel. (2023). Dinámicas sociales en la explosión diágnostica de la depresión. (38), 23-37. 

Huertas, Rafael. (2006). Foucault, treinta años después, a propósito del poder psiquiatrico. LVIII(2), 267-276. https://doi.org/0210-4466